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  PUBLICACIONES DEL CENTRO DE SUPERVISIONES CLÍNICAS
 

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  POLEMICA SOBRE LA ADOPCION:
RECETOLOGIA PUERICULTORA. 


PAGINA 12
Agosto de 1996.
Autoras: Lic. Marcela Dal Verme y Lic. Alicia Carrica de Nicenboim.

 
 
En la época en que el psicoanálisis ingresaba en Argentina, década del 40, la adopción era uno de esos temas "tabú" que desde el mandato social había de padecerse en la intimidad del ámbito familiar, transformando un deseo lícito en un hecho inconfesable: "de eso no se habla", o "el niño no debe saberlo". Familiares, amigos y profesionales desplegaban una suerte de red para sostener ese silencio. El psicoanálisis de niños intentó comprender esa especie de prohibición de comer el fruto del árbol de la sabiduría, y entendió el secreto de la adopción en términos de conflicto. Apeló a su teoría de la represión y a alguna de las formas en que ella se expresaba: la desmentida y la renegación. Puso el acento en la cuestión de los mitos, en la novela familiar y la necesidad de desentrañar "el misterio" se tornó el camino que terminaría en el mejor de los casos, en el develamiento de una verdad (verdad que hoy no podríamos afirmar con certeza cuál es).

Pero el diablo metió la cola y una tendencia a la generalización y a conceptualizaciones universales no escapó a este pensamiento psicoanalítico, otorgándole a la ruptura del orden biológico un valor traumático per se, el status de marca psíquica que impidió en algunos casos entender este hecho peculiar dentro de la trama de la historia individual. Nos deslizamos hacia una peligrosa estigmatización: comenzamos a hablar del "niño adoptado" y su "patología".

Simultáneamente, la recetología puericultora de masiva difusión organizaba estrategias y técnicas que respondían a una suerte de lineamiento ideológico en el asesoramiento a padres: ¿cómo informar?, ¿qué?, ¿dónde?, ¿quién?; " Que lo diga el pediatra, la psicóloga", etc. Ausentes a sí mismos, se les enseñó y aún hoy se les intenta enseñar a los padres adoptantes "cómo llegar a serlo", "cómo llegar a querer a sus hijos adoptivos" (así, casi ajenos y siniestros). Destituidos parentalmente, agobiados con temores y culpa y detrás de una pseudocomprensión psicológica, se los congela en ese "ser adoptantes y adoptados".

La interdisciplina permite un enfoque más abarcativo de los fenómenos que investiga; pero como "el que mucho abarca, poco aprieta", el deslizamiento discursivo y la superposición de esquemas teóricos confunde y distorsiona. Cuando el discurso psicológico (deseo, pulsión, trauma) es diluido en el social (pobreza, sometimiento y Tercer Mundo) y salpicado con terminología legalista, hemos abandonado la interdisciplina para meter, en este caso a la adopción, en una enorme bolsa de gatos.

En nuestra práctica nos confrontamos con nuestros propios prejuicios, de los que sólo nos rescatamos cuando, "a oído libre", nos dejamos conducir por el "cada caso" que la clínica aporta.

Cuando llega al consultorio un niño o un padre, no nos llega más que eso: ni un adoptado ni un adoptante. Existe el riesgo de tratar a la cosa por su atributo; de hacer del adjetivo el sustantivo mismo.

En cambio, escuchamos su mundo fantasmático y buscamos atenuar las ansiedades persecutorias agregadas al trabajo psíquico implícito en una adopción, que alguna literatura específica con su sobreinformación intensifica en futuros padres desprevenidos que, acatándola al pie de la letra, desestiman lo que les inquieta: cómo llevar adelante el deseo de un hijo al que la biología le hace obstáculo.