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  LA PARADOJA DE FIN DE SIGLO: ¿EL HOMBRE MÁQUINA?.  


Publicación: Revista C&D Nº 23
Octubre 1999 .
Autora: Lic. Stella Maris Onetto.
 
 

La necesidad de aprendizaje continuo como respuesta al cambio permanente, choca con el obstáculo de que las empresas no son maquinarias, sino que están formadas por seres humanos que necesitan tiempo y capacitación para adaptarse sin enfermar.

Fin de siglo. Fin del milenio. Doble motivo para la reflexión. Cien años de historia. Mil años de historia. ¿Cómo estamos, hacia dónde vamos? Más preguntas y sólo algunas respuestas. Acceder a lo nuevo implica hoy olvidar todo aquello que parecía esencial. Toda cultura está basada en aquellos rasgos que perduran a través del tiempo. Sin embargo, una de las paradojas a la que nos enfrentamos hoy, es al imperativo del aprendizaje continuo y el cambio permanente. El vértigo de las novedades nos plantea adaptarnos a lo nuevo, sabiendo que luego deberemos abandonarlo, por algo más nuevo aún. El ideal cultural de fin de siglo parece imponer estrictas condiciones a aquellos que aspiren a ser reconocidos, valorados, y a conservar o conquistar un lugar en el mundo.

Es así como los individuos se sienten convocados a entregar en pos de ese ideal, no sólo su trabajo y su esfuerzo, sino sus horas de descanso, sus vacaciones, sus almuerzos o cenas, convertidas ahora en encuentros de negocios. Cuanto más sobreocupado se encuentre, más seguro se sentirá de estar transitando el camino correcto. Si no lo hace, si se queja, si demanda una pausa, el riesgo es grande, una cola infinita de aspirantes a realizar más y mejor, estará dispuesta a reemplazarlo. Es que el ideal no tiene consideraciones. El que trastabilla queda afuera, y quizá no pueda volver a la red, que no parece necesitar de todos. Precisa no solo de un cuerpo sano que responda siempre, sino de pensamientos que alimenten sentimientos de omnipotencia, confianza y seguridad extremas. Así, hombres y mujeres se van alejando paulatinamente de todo lo que pueda distraerlos de sus objetivos. Enajenados de sí mismos, lanzados a una carrera desenfrenada contra el tiempo y sus propios límites. La paradoja del crecimiento económico, acompañado de desocupación. El avance tecnológico de los sistemas de comunicación y el aumento de la soledad y aislamiento de los individuos que sin posibilidades reales para encontrarse descubren amigos por Internet, son las condiciones de los tiempos que corren y exigen esfuerzos de cambio y adaptación constantes. Pero la aspiración de robotizarse, tarde o temprano fracasa.


Cuerpo y mente dicen basta.

Las empresas y los sistemas laborales se han deshumanizado perdiendo de vista el objetivo de su razón de ser: el hombre y su bienestar. Como ya señaló Senge, las pretensiones de cambio permanente chocan con el obstáculo de que las empresas no son maquinarias en funcionamiento, sino sistemas humanos con características peculiares, y no pueden ser manipulables como un motor o una computadora. La idea del hombre máquina ha tenido gran influencia en las sociedades a partir de la Revolución Industrial, derivada de lo que se concibió como progreso, a partir de las modificaciones que desde hace dos siglos se vienen desarrollando. Los avances tecnológicos de los últimos treinta años representan su punto más alto, y ya reemplazan el trabajo humano, con las consecuencias conocidas de desocupación. Dedicadas a la investigación y prevención del estrés laboral, fuimos observando el incremento de las exigencias laborales, acompañadas con la disminución de la satisfacción en el trabajo, la seguridad, el tiempo y el reconocimiento. Las patologías derivadas del estrés también se han globalizado, y admiten un reconocimiento ligado al alto nivel de rendimiento y al aumento de las exigencias: Hacer más, en menos tiempo. Así, estar estresado, se ha convertido casi en una virtud. El estrés se vuelve entonces egosintónico, es decir, un aliado del ideal cultural. Nadie escapa a sus efectos: ejecutivos, empresarios, profesionales, hombres, niños, mujeres. Cuerpo y mente esclavos de ideales culturales: la imagen, la velocidad, la comunicación satelital, el borramiento de las fronteras.


Lograr la armonía.

El fin del milenio aparece con mensajes amenazadores: computadoras no preparadas para el doble cero, caos bancario, efectos bursátiles que afectan las más mínimas decisiones familiares. El vértigo de un oleaje cada vez más encrespado excita y estimula, pero exacerba el peligro de la caída. El amor, los amigos, los encuentros, la familia, no son capítulos que estén incluidos en el manual del aspirante a ejecutivo exitoso. Solo que puedan ser ostentados como un buen dato en su curriculum y favorezcan la buena predisposición para el trabajo full time. La economía de mercado desatendió la naturaleza humana que necesita tiempo y capacitación para adaptarse sin enfermar.

Otra vez el cuento del Dr. Jeckill y Mr Hyde. La criatura que supera a su creador. Una reingeniería que no contemple las características de quien va a llevarla a cabo, corre riesgos de fracasar. Se nos promete que el avance tecnológico será el remedio que cure todos los males. Sin embargo pensamos junto con Piccitelli, que este avance es necesario orientarlo y redimensionarlo.

Para que la adaptación y el aprendizaje a los cambios tecnológicos no se conviertan en un agente estresor, deberemos ayudar a los individuos a defenderse mejor de los estímulos que masivamente lo invaden. La tecnología es solo un ingrediente de nuestro camino hacia el futuro.

Pero no lo es más que la imaginación y la creatividad. No podemos seguir exigiendo a los individuos el aprendizaje de manuales sofisticados de tecnología, supuestamente a su servicio, sino lo ayudamos a recuperar el contacto y el conocimiento de su propio ser, es decir, del sistema complejo que articula mente-cuerpo-mundo exterior y precisa de una sutil y delicada armonía para no enfermar.