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  PUBLICACIONES DEL CENTRO DE SUPERVISIONES CLÍNICAS
 

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  LA METAMORFOSIS AMOROSA.
UN EFECTO DE LA IDENTIFICACIÓN NARCISISTA. 


Revista: Actualidad Psicológica
Julio de 1996.
Autoras: Lic. Celia Buchner de Weber – Lic. Alicia Carrica de Nicenboim – Lic. Stella Maris Onetto de Carrica.

 
 
Un yo enamorado, apasionado, dispuesto a los más grandes sacrificios, aun el de su propia desaparición. Un tipo de relación de objeto caracterizada por el sobreinvestimento de aquél. Un inexorable empobrecimiento del yo, en favor de ese objeto, que se torna imprescindible para la vida, si en cual no se es nada ni nadie.

Derivación de un estado tiránico de relación amorosa en el que "sin ti no podré vivir jamás", del cual los poetas y la crónica diaria, en su versión de crímenes pasionales, dan cuenta.

Qué fenómenos subyacen a esa alteración de sí mismo, capaz de transformar lo que supuestamente uno es.

Quizás la problemática en torno al narcisismo y las relaciones que este concepto comparte con el de identificación, delimite el campo teórico.

Un tipo de identidad, que en el caso que nos ocupa será el resultado de un proceso de identificación narcisista, caracterizado por ser total y momentáneo (aunque muchas veces se prolongue en el tiempo) pero que no dejan huellas estructurantes en el aparato psíquico.

Seguimos una línea teórica que Freud trae en sus artículos "Introducción del Narcisismo", "Duelo y Melancolía", "Psicología de las masas", al conceptuar el origen del ideal del yo (eminentemente narcisista), y la identificación narcisista en la melancolía y los fenómenos de idealización, del enamoramiento, la sugestión, la hipnosis, la formación de masas y la relación con el líder.

El sentimiento de sí que Freud propone en "Introducción al Narcisismo" depende del ideal del yo, heredero del narcisismo infantil.

Este sentimiento de sí, más que caracterizarse por su estabilidad y duración en el transcurso del tiempo, es lábil y vacilante por ser el resultado de una constante comparación que el yo establece con el ideal, de modo tal que la autoestima aumentará o decrecerá según dicho parámetro. Se sentirá así amado o no por el ideal: búsqueda del amor dichoso narcisista, en el que el yo y el ideal coinciden, intentando restablecer la supuesta unidad yoica perdida como se ve en los fenómenos de manía.

Ser amado se constituye en la meta y satisfacción de la elección narcisista de objeto, de lo que se desprende que para estos sujetos "amar no es como cualquier otra función del yo".

No hablamos aquí del amor real, aquél de las neurosis que luego del enamoramiento lidia con conflictos y tolera cierto margen de frustración, sin que en ello se les vaya la vida.

En las formas narcisistas de relación de objeto el yo sucumbe a vivencias de aniquilamiento y disolución cada vez que debe enfrentar algún grado de postergación a la satisfacción.

Hablamos aquí de los amores desdichados, los imposibles, destinados al fracaso. Aquellos que transitan entre las más elevadas satisfacciones narcisistas y las crueles vivencias de desamparo y devastación.

El efecto sugestivo hipnótico de estos estados de enamoramiento es sentido como pobreza en el yo en favor de un objeto idealizado, depositario de los aspectos maravillosos proyectados pero de quien se depende y que de aquí en más será vivido como omnipotente y omnipresente, garante de un anhelo, el de recuperar fantásticamente el todo, el sentido oceánico, esa sensación que evita el horror a la pérdida de una parte del sí. De lo cual se deduce y se hace evidente un equívoco posicional: "el objeto ha ocupado el lugar del ideal".

Cuando el objeto real, el del mundo externo no coincide con las expectativas idealizadas, el yo se conecta con ese horror. Podríamos decir que este tipo de vínculo amoroso funciona al estilo de lo que Freud describió como el aparato psíquico de la primera tópica. Un aparato regido por el principio del placer, que procura ahorrar tensiones arrojándolas al mundo exterior, respondiendo a las exigencias del ideal.

Ser uno con el otro, en la medida que este último responde en espejo a las expectativas idealizadas es lo que mueve a establecer este tipo de vínculos, despertando sensaciones de plenitud y éxtasis. Escuchamos en la clínica: "los dos somos uno". Son vínculos donde predomina la imagen, típico de este aparato psíquico con características bidimensionales en los que los detalles superficiales del otro son objeto de veneración: la belleza, la mirada. "Necesito verlo, cuando lo vi me quedé tranquila.". Es la captación amorosa de un vínculo que entra por los ojos y quizás no pase más allá. Al hablar, al entrar en contacto con otros objetos se pierde el encanto y el hasta entonces amado pasará en transformarse en el que hiere, abandona y traiciona: ".me arruinaste la vida".

Y en cierto sentido tendrían razón. Este tipo de amor no sostiene, ni enriquece, ya que existe gracias al empobrecimiento del yo que pasará así a depender de su objeto idealizado, que al modo de un fetiche es portador de todos los dones y garantías del ser. Esta esclavitud tiene un alto precio. Dicho objeto deberá compensar todas las heridas infringidas en sus primeras experiencias a ese yo.

En un análisis es frecuente observar historias familiares penosas, padres adictos, psicóticos, depresivos, que no pudieron rescatar a ese hijo de la inundación de lo pulsional, quedando así a merced de sí mismos anhelante luego de una madre todopoderosa que ayude a restañar las heridas de la indefensión y la falta de cuidados cariñosos y adecuados.

Como Freud observó en Leonardo Da Vinci, otra forma de conquistar ese vínculo simbiótico anhelado es establecer relaciones donde el yo asume el papel de una madre que se ofrece incondicional y omnipotente y elige objetos desvalidos y castrados para amarlos y sostenerlos como él hubiera deseado ser amado.

La condición de esclavitud es exigida aquí al objeto bajo la promesa de nunca alcanzar autonomía e independencia.

Constituyen así una relación idílica que es en realidad un intento de recrear un estado de indiferenciación narcisista. A través de mecanismos como la identificación proyectiva se desembaraza de aspectos necesitados que le resultan intolerables dentro de sí y los pone en el otro identificándose con una madre ideal.

Pero el ideal impone difíciles condiciones: el abandono de los objetos del mundo exterior y la sofocación de la agresión.

La agresión vuelta sobre sí vuelve al yo melancólico y narcisista, que no es más que el estado en el que se encontraba antes de esa locura amorosa.

El estado de desvalimiento que observamos en muchos pacientes luego de frustraciones amorosas de este tipo permiten ver ese trasfondo melancólico, herida irreparable, sombra del objeto que arrastra al yo al abandono de sí mismo y al suicidio.

Desde un enfoque dinámico describimos la identificación narcisista como el efecto de un movimiento regresivo libidinal impuesto por un mecanismo similar a la represión: la vuelta de la libido narcisista al yo (de la elección narcisista al narcisismo). Es decir, la vuelta contra sí mismo, la transformación de la actividad en pasividad y el autorreproche melancólico como exteriorizaciones sintomáticas de la identificación narcisista.

Con la introducción de la hipótesis del instinto de muerte este mismo fenómeno puede describirse como una vuelta de la agresión contra el yo (masoquismo secundario) a partir de un superyó sádico; es decir, una intensificación del masoquismo primario.

Consideramos que al reintroyectar, o sea al asumir como propios los aspectos de sí mismo proyectados en el objeto, se produce un conflicto con el ideal que le impone al yo ser "puro", como condición de sentirse amado por él (satisfacción narcisista).

El punto de vista tópico o espacial nos ayuda a entender la identificación narcisista, en función de los lugares que los objetos, las instancias, el yo y la realidad ocupan en el aparato psíquico y en el triángulo edípico.

El fenómeno regresivo muestra la vuelta a una situación anterior, en la que el yo era considerado un objeto. Cuando se pierde la unidad de ser uno con el objeto que la elección narcisista le brindó de manera falsa, se produce la herida. No hay otra alternativa que reintroyectar los aspectos proyectados y reconocerlos como propios. La pérdida, entonces, no es sentida en relación al objeto sino en el propio yo. Aquello que fue reflejo del yo en el objeto (manía), se transforma ahora en la sombra del objeto que cae sobre el yo (melancolía).

Estos fenómenos podrían ser descriptos como el resultado de un proceso de identificación narcisista, que no tiene para nuestra concepción una nosología propia. Pero sí describe las exteriorizaciones que observamos en la clínica.

Se caracteriza por se total, momentánea y porque no deja huellas estructurantes en el aparato psíquico. Por lo tanto consideramos que tampoco afecta lo que podríamos llamar la identidad o el sentimiento de sí, las que de un modo aparente y fugaz, es decir el tiempo en que tarda el objeto en volver al lugar que le corresponde en el mundo exterior.

Diferenciamos la identificación narcisista de otros procesos de identificación, las primarias y las secundarias duraderas y estructurantes del aparato psíquico y que sí moldean y dejan marcas indelebles en lo que será el yo del individuo, el sujeto, aquello que de propio tiene cada ser.


Bibliografía:

– Freud, S.: Obras completas, A.E.
– Winocur, J.; Buchner, C.; Carrica, A.; Onetto, S.; "Investigación y delimitación de la identificación narcisista a través de las diversas manifestaciones clínicas", 1990.