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  PUBLICACIONES DEL DEPARTAMENTO DE PSICOLOGÍA PARA EMPRESAS
 

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  ESTRÉS, UN NOMBRE PARA EL MALESTAR
DE FIN DE SIGLO.  


El Cronista
Martes 23 de febrero de 1999.
Autora: Lic. Stella Maris Onetto.
 
 

El ideal cultural de siglo parece imponer estrictas condiciones a aquellos que aspiren a ser reconocidos, valorados, y a conservar y conquistar un lugar en el mundo. Es así como los individuos se sienten convocados a entregar, en pos de ese ideal, no sólo su trabajo y su esfuerzo, sino sus horas de descanso, sus vacaciones, sus almuerzos o cenas, convertidas ahora en comidas de negocios. Cuanto más sobreocupado se encuentre, más seguro se sentirá de estar transitando el camino correcto. Si no lo hace, si se queja, si demanda una pausa, el riesgo es grande, una cola infinita de aspirantes a realizar más y mejor, estará dispuesta a reemplazarlo.

Luego de haber liberado al hombre de ideologías que en sus certezas lo esclavizaron, hemos descubierto que, lanzado a su libre albedrío, podía convertirse en el peor de los tiranos. La insatisfacción permanente, la sensación de que nada alcanza, que la zanahoria está cada vez más lejos y quizás es sólo un reflejo de su nariz proyectada hacia adelante, lo lleva a desplegar aspiraciones ilimitadas, fuente permanente de inseguridad y temor ante el peligro de no cumplirlas.

Es que el ideal no tiene consideraciones. El que trastabilla queda afuera, y quizás no pueda volver a la red que no parece necesitar de todos. Precisa no sólo de un cuerpo sano que responda siempre, sino de pensamientos que alimenten sentimientos de omnipotencia, confianza y seguridad extremas. Así, hombres y mujeres se van alejando paulatinamente de todo lo que pueda distraerlos de sus objetivos. Enajenados de sí mismos, lanzados a una carrera desenfrenada contra el tiempo y sus propios límites.

La paradoja del crecimiento económico, acompañado de desocupación, el avance tecnológico de los sistemas de comunicación y el aumento de la soledad y aislamiento de los individuos que sin posibilidades reales para encontrarse descubren amigos por Internet, son las condiciones de los tiempos que corren, y exigen esfuerzos de cambio y adaptación constantes.

Pero la aspiración de robotizarse, tarde o temprano, fracasa. El cuerpo dice basta. La mente exigida al grado extremo comienza a producir pensamientos amenazadores, catastróficos. Un malestar difuso que busca un nombre que pueda ser nombrado sin avergonzar. Que no defina una perturbación individual o subjetiva, que no margine al individuo que la padece. Que más bien describa un mal social, endémico... Estrés.

Concepto tradicional de la medicina, que define el esfuerzo de adaptación del organismo a excesos de tensión. Muchas veces deriva en enfermedades orgánicas como cardiopatías, úlceras, disfunciones sexuales, patologías del sueño, irritabilidad, crisis de pánico, alteraciones de la concentración y la memoria.

Al atravesar diferentes períodos, el discurso cultural inventa, recupera o recrea conceptos que sirvan para definir algo acerca de lo que está ocurriendo, y que demanda un nuevo o viejo nombre.

Son las formas del malestar en la cultura, que requieren ropajes con los cuales presentarse y circular. Dan sentido, encuadran, explican, generando una suerte de alivio. Nominar y reconocer lo que de común nos afecta, acota lo amenazador, y da tiempo.

Las palabras dan cuenta del efecto, del éxito y del fracaso, con los que los individuos lidiamos con lo que nos duele.

Angustia, depresión, adicciones, no son conceptos con los que nos complace que se nos identifique.

Esta cultura de fin de siglo que privilegia el instante, los cambios vertiginosos, las propuestas globalizadas, le teme a la pausa, que puede generar un resquicio por donde se cuele el malestar, la incertidumbre, la duda. Tiempo donde lo superficial ha reemplazado a lo profundo, lo liviano a lo consistente, signa y caracteriza un deslizar que no admite preguntas.

La sospecha de que los hilos están manejados por alguien que sin ser totalmente ciego, a veces parece haber perdido el rumbo, deja un telón de fondo propicio para lo que conocemos como patologías psicosomáticas.

No son formas nuevas. Son trastornos recurrentes que pueblan los consultorios externos de los hospitales y las guardias, que aumentan las consultas a especialistas, y los gastos en salud. Fuerte dolor en el pecho, ahogos, crisis de ansiedad, cefaleas, insomnio, contracturas. Se presentan en público, perturban el trabajo, el rendimiento y la pretendida excelencia. Se transforman en un mensajero que indica que hay que parar.

Las patologías derivadas del estrés, también se han globalizado, y admiten un reconocimiento ligado al alto nivel de rendimiento y al aumento de las exigencias: hacer más, en menos tiempo. Así, estar estresado se ha convertido, casi, en una virtud.

El estrés se vuelve entonces egosintónico, es decir, un aliado del ideal cultural. Nadie escapa a sus efectos: ejecutivos, empresarios, profesionales, hombres, niños, mujeres.

Freud llamó orgullo narcisista a aquel que deviene de la identificación del yo con los ideales del superyó, no importa a qué precio. Las renuncias instintivas, la entrega al deber ser de la época será premiada con el amor del superyó, del ideal, aquel que se alcanzará si nos entregamos dócilmente a sus mandatos. La dura tarea del jinete que debe conducir el potro entre medio de una cada vez más escarpada realidad.

Cuerpo y mente esclavos de ideales culturales: la imagen, la velocidad, la comunicación satelital, el borramiento de las fronteras.

El fin del milenio aparece con mensajes amenazadores: computadoras no preparadas para el doble cero, caos bancario, efectos bursátiles que afectan las más mínimas decisiones familiares. El vértigo de un oleaje cada vez más encrespado excita y estimula, pero exacerba el peligro de la caída.

El amor, los amigos, los encuentros, la familia, no son capítulos que estén incluidos en el manual del aspirante a ejecutivo exitoso. Solo que puedan ser ostentados como un buen dato en su curriculum, y favorezcan la buena predisposición para el trabajo full time. La economía de mercado desatendió la naturaleza humana que necesita tiempo y capacitación para adaptarse sin enfermar. Otra vez el cuento del Dr. Jeckill y Mr. Hyde. La criatura que supera a su creador.

Una reingeniería que no contemple las características de quien va a llevarla a cabo, corre riesgos de fracasar.

Somos y vivimos insertos en sistemas que sostienen un interjuego constante, en el que se producen tensiones y conflictos. Entretenidos en la tarea de adaptarnos a las exigencias provenientes del mundo externo, olvidamos la delicada naturaleza de nuestro cuerpo y nuestro espíritu, exponiéndolo sin cesar a excesos de tensión.

A lo largo de la historia, el hombre ha recurrido a diferentes recursos para dominar y enfrentar estas exigencias: técnicas orientales, yoga, meditación, gimnasia, control mental. Todas han conseguido aliviar, al menos en parte, los riesgos que la exposición a situaciones de estrés agudo o crónico produce.

Es preciso que los modelos en salud no pierdan de vista la singularidad y las características del entorno laboral y familiar en el que se desarrollan a la vez individuos y proyectos. Brillantes grupos de trabajo ven trabados sus planes por fallas en la organización, defectos en el diseño de la tarea, perturbación en la comunicación.

Colaborar con métodos y técnicas específicas en el diagnóstico de la situación problema, permite reconducir al grupo y a sus miembros a la mejor posición desde donde pensar y reconsiderar la tarea, liberándose así de la mortificación que crea el fracaso.

La difusión que empieza a tener la problemática individual, social y laboral derivada del estrés permite sospechar que empezamos a reconocer que un proyecto diseñado por y para el hombre no puede desconocer bajo qué condiciones éste es capaz de desplegar sus potencialidades, aprovechar sus virtudes, y aportar para un éxito, que no lo excluya.