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16 de febrero de 2007
Autora: Lic. Stella Maris Onetto
 
  Revista 7 Días
Gran Hermano - La casa de la histeria

Un desfile televisado de tristes niños

 
 

Estos muchachos y chicas, como los otros, en otros programas similares, entran en una suerte de situación regresiva, como la del sueño, retirados de los estímulos del mundo exterior. Son objeto de un guión que conocen sólo en parte. Se espera que se muestren espontáneos, cuando en realidad son forzados a forzarse por una zanahoria ilusoria para luego ser evaluados.
Guión que falsea una supuesta autenticidad.
No son actores. Tienen que comer, dormir, desnudarse, bañarse, tomar sol, y hablar permanentemente en función de ese amo que los vigila. Ellos saben que no son honestos pero tienen que aparentar serlo.
Una suerte de esclavitud paga, con promesa de alcanzar el cielo y ser una estrella.
Como en un rito de iniciación, el que no sucumbe, llega. Pero nada parece poder para el interés de ciertos candidatos a exponerse nuevamente. Ahora que suspendieron la conscripción por excesos de autoritarismo, en nombre de algún valor incierto en esta sociedad globalizada, nos seguimos ofreciendo como “carne de cañón”a que un ojo “nos coma con la mirada”.
Las caperucitas se multiplican y antes de soportar una vida real con frustraciones y pequeñas satisfacciones, trabajosamente alcanzadas, prefieren inscribirse en la ilusión de que esos lobos que los miran los hagan sentir que existen.
Hasta la nominación parece un premio. Los ojos que los miran también los votan. Sus fotos salen para ofrecerse al descarte o al rescate. ¿Y los sentimientos posteriores al rechazo, posteriores al último programa de reportajes en donde aparecen justificando su salida de la casa? ¿Adónde van? ¿A un limbo donde no hay nadie que los rescate?
Mirar, placer del voyeur, ser mirado: placer del exhibicionista. Pero no estamos viendo una película, un cuadro, una obra de teatro, es un desfile de tristes niños que se quejan de no poder salir a jugar, de que sus nuevos amigos los echen de la cancha, solo para quedarse como únicos poseedores de esa única pelota esquiva de la fama. Los peces gordos se comen a los peces chicos. No hay nada nuevo, sólo un regreso a las formas más primitivas de supervivencia, pero esta vez en público.