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  PARA COMERTE MEJOR: LA TRAGEDIA DE CAPERUCITA, Y LA CUESTIÓN DEL LOBO. 


Revista El otro
Mayo de 1996.
Autora: Lic. Stella Maris Onetto de Carrica.

 
 
La literatura infantil ha rescatado y metaforizado lo conflictivo y complejo de las relaciones humanas. Otros tiempos corrían cuando Cenicienta y Blancanieves condensaban problemáticas con las que cualquier niña podía identificarse.

Hoy, que una fuerte tendencia al modelo cibernético parece imponerse, el cuento de Caperucita no impresiona a nadie.

Sin embargo guarda a mi entender una dimensión de tragedia en la que quedan atrapadas muchas jóvenes.

El lobo, figura emblemática de la literatura psicoanalítica, tiene en este cuento un papel protagónico. Lo insaciable, lo que insiste, lo voraz, presente en cada uno de nosotros, encuentra en él a su actor predilecto.

La leyenda del lobisón muestra también cómo estos temas no son sólo una cuestión de mujeres. Imaginemos una escena donde los protagonistas vuelvan a ser: Caperucita, su mamá y la abuelita. Participación especial: el lobo. Actor invitado: el leñador.

.Una abuelita convertida en lobo. Un lobo disfrazado de abuelita. Una mirada sospechosa: ¡Qué ojos tan grandes! ¡Qué orejas! ¡Qué boca tan grande!

Caperucita pregunta pero no hay nadie allí para ayudarla a develar qué se esconde detrás de esa apariencia ingenua.

El leñador llegará después. Siempre hace falta un leñador. Especialmente en los momentos claves en que la nena se enfrenta a la abuelita enferma. – ¿depresiva? La abuelita que pide, que espera bizcochos.

– "Tené cuidado, te podés encontrar con el lobo".. Insaciable, hambriento, tramposo. Cuidado, detrás de la abuela está el acecho del lobo, no te dejes engañar. De eso se trata, de un engaño. Un engaño para creer que lo de la abuela se resuelve con visitas y bizcochos, que lo del lobo, con un juego entre los árboles del bosque.

El lobo quiere más, no le alcanza con visitas y bizcochos. El lobo tiene hambre, siempre tiene hambre. No existen los lobos domesticados. Los lobos no saben jugar, siempre tienen hambre de Caperucitas maníacas, negadoras, omnipotentes. Caperucita se equivocó, se dejó llevar por su deseo de jugar, de satisfacer al otro, al lobo, a la abuelita, a la mamá.

Si Caperucita tarda la podemos encontrar en la panza del lobo.

El lobo se comió a la abuelita y ahora va a comer a Caperucita. El hambre del lobo no se sacia. ¿Pero quién es este lobo? Caperucita quiere vencerlo, juega a las escondidas con él y a veces cree que lo venció. Sandra, 17 años, 34 quilos, venció al lobo. Una batalla que casi le cuesta la vida.

Sandra tiene al lobo encerrado en la panza, encadenado. Sandra se convirtió en un leñador capaz de vencerlo. Cuando Sandra sale del encierro vuelve a comenzar la pelea. El lobo desde su madriguera quiere jugar otra escondida: Sandra, 18 años, 80 kilos. Gana el lobo.

El problema se complica, porque el lobo también se disfraza de abuela. ¿Cuándo es más peligroso? ¿Cuando se desata o cuando se esconde al acecho y finge aceptar las condiciones más estrictas?

Sandra se come todo. Sandra se hace comer. No puede jugar otro juego que no sea a las escondidas. Piedra libre el lobo detrás de la abuela, de mamá, de Sandra.

Y el leñador que no ingresa en escena. ¿Qué va a tener que pasar para que reaccione y se sienta convocado? El rugido del lobo le parecerá sospechoso. Dice el papá: "Veo a Sandra levantarse a las 3 de la mañana y atacar la heladera". Caperucita, la abuela y mamá, tienen que resolver algo relacionado con el lobo. Las tres están involucradas. ¿Qué pasa con la madre que manda a Caperucita a vérselas con el lobo para cumplir con la abuela? La mamá de Caperucita ya está a merced del lobo, por eso entrega a su hija. Hay que satisfacer a la abuela, no importa a qué precio. Lo que la abuela no resolvió lo heredará su hija y por lo tanto, también su nieta. El lenguaje del amor traducido al lenguaje oral, dar de comer es como dar amor. Sandra no está siempre dispuesta a tragarse eso. Sandra no sabe jugar con el lobo. Lo rechaza, intenta dominarlo y muchas veces cae en sus redes.

Esa Caperucita adolescente inquieta al lobo, lo excita, lo exacerba, pero el lobo sabe más por lobo que por viejo.

La abuela llama del otro lado del bosque y hay que acudir: –"Yo fui siempre la que le puse la oreja" y desde allí el lobo la dominó. Sus palabras penetraron absurdas, caprichosas, feroces y deben cumplirse. –"Llevá esos bizcochos, es una orden, arreglátelas con el lobo que te va a querer comer, pero vos hacete la tonta. Tonta".

– "Si me hubieran dicho que después de todo esto se me iba a caer el pelo. Yo quería estar flaca. ¿Y estos pelos que me salieron en la cara? La menstruación no me importa, mejor".

Cada vez se fue pareciendo más al lobo, los ojos grandes, saltones, la boca tensa, moviéndose permanentemente de un lado para el otro. "Los lobos no necesitamos leñador". El leñador está sordo, ciego, mudo, asustado y cómodo.

Sandra convertida en lobo, lo único a que juega es a comer y a no comer. No espera leñadores, no confía en ellos. No desea ser amada. "Las mujeres nos las arreglamos solas". Triunfo a lo Pirro.

Sandra ya no juega entre los árboles.

"¡Pero abuelita, qué boca tan grande tenés!... Para comerte mejor".

Leñador se busca, requisitos: Que se presente, que rescate, que no se crea el cuento de la abuelita enferma, que acompañe a Caperucita y le enseñe a cruzar el bosque. Que no la deje engañarse con su omnipotencia infantil. Que descubra el lobo detrás del camisón de la abuelita. Que no lo mate. Que le haga un juicio. justo.